La cacería

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La cacería

Mensaje  Icy Stare el Mar Jun 21, 2011 6:49 am

Título: La cacería
Escrito: A los 25 años más o menos
Publicado: en la revista Palimpsesto
Comentarios: Un cuento basado en leyendas medievales. Trata de una joven doncella que es invitada a asistir a la cacería de una terrible bestia, pero...



Era la primera vez que Leonor acompañaba a su padre en una cacería.
La caza era cosa de hombres. El señor de aquellas tierras gustaba de internarse en los bosques que él consideraba de su propiedad, con un buen destacamento de hombres de armas —entre los que se encontraba el padre de Leonor— y un grupo de alanos que el amo cuidaba con mimo. Las comadres murmuraban que el señor quería más a sus perros y su caballo que a su esposa e hijos, pero Leonor no sabía nada de todo aquello, ni le importaba. Su padre había servido bien al señor desde que era mozo, y éste le había recompensado con un pequeño castillo que dominaba un modesto territorio. El padre de la joven, que había sido un segundón, no aspiraba a más. Leonor y su madre se pasaban el día en casa, hilando, bordando y hablando con las doncellas. La muchacha no había aprendido a leer. ¿Para qué? Bastaba con que se conservase casta y hermosa. Algún día, su padre la entregaría por esposa a un noble, y entonces su familia se vería honrada, y sus territorios aumentarían.
Ella nunca había tratado de luchar contra su destino. No era un hombre. No necesitaba pelear, ni salir de caza, ni demostrar su fuerza y su valía. En las frías noches de invierno agradecía poder estar junto al fuego de la chimenea, mientras su padre dormía al raso, acompañando a su señor en alguna de sus campañas.
Por eso le había extrañado la orden de su padre.
Aquel día saldrían de caza, y Leonor los acompañaría.
La caza no era un ejercicio propio de damas y doncellas. De todas formas, Leonor no se sentía atraída por él. La primera vez que había visto a su padre volver de caza, éste había traído un cervatillo ensangrentado. Leonor tenía entonces seis años y jamás había olvidado la mirada muerta de aquel animal. Desde aquel día, cuando los hombres regresaban de la caza, ella siempre se escondía en su habitación, para no ver a sus víctimas. Sabía que más tarde, en la cena, ella participaría de aquel botín, pero, de todas formas, no podía evitarlo.
Tal vez porque ella no era más que una débil mujer.
De todos modos, no deseaba ir de caza con los hombres. Había mirado a su padre, tratando de hacérselo comprender, pero la mirada de él no admitía réplica. No era una petición, sino una orden.
Leonor obedeció.
Y ahora se encontraba allí, siguiendo a la comitiva de cazadores, montada en su palafrén. No había ninguna otra mujer en el grupo. Leonor sabía que debía agradecer a su padre que le permitiese acompañarlos, pero, por alguna razón, sospechaba que había algo que no le había contado.
Los perros corrían delante de ellos, ladrando. El señor conversaba animadamente con sus guerreros. Parecía estar de excelente buen humor, si bien un poco tenso, como si esperara encontrarse con algo desconocido en la espesura.
Según fueron alejándose del castillo, esa sensación fue haciéndose cada vez más fuerte. El amo dejó de hablar y se encerró en un silencio pensativo y hermético.
Tampoco los demás hombres hablaban mucho.
Leonor vio que uno de los perros había hecho salir un ciervo de entre la maleza. Uno de los arqueros tensó su arco, pero el señor alzó la mano y negó con la cabeza.
Siguieron adelante.
El trayecto fue más largo de lo que Leonor había sospechado en un principio. Se alejaron tanto del castillo que la muchacha se preguntó, inquieta, si lograrían volver antes del anochecer. Finalmente dejaron atrás el bosque conocido para internarse por los rincones más salvajes de la floresta. Leonor se sentía cada vez más intranquila. Los caballos encontraban dificultades para avanzar, y las ramas de los árboles apenas dejaban pasar los rayos del sol. Los ladridos de los perros se oían muy lejanos. Los hombres espiaban a su alrededor con el ceño fruncido. Ya nadie hablaba.
Finalmente, el señor detuvo su caballo y bajó de él. Sus hombres le imitaron. Leonor se quedó sobre su palafrén, preocupada e indecisa.
—¿Os parece que nos estamos acercando a la morada de la bestia? —preguntó el amo, mirando a su alrededor.
Sus palabras causaron un profundo desasosiego en Leonor.
—Sin duda, señor —respondió alguien—, hemos llegado a lo más profundo del bosque.
El noble asintió, ceñudo.
—Traed a la muchacha.
Leonor se sintió de pronto atenazada por el miedo. No fue capaz de bajar de su montura. Su padre avanzó hasta ella y la cogió de un brazo, obligándola, suave pero firmemente, a descender hasta el suelo.
El amo la observó atentamente, como evaluándola.
—¿Eres virgen?
Ella no fue capaz de contestar.
—¡Responde! —le ordenó su padre entre dientes.
—S-sí, señor —pudo decir ella—. Soy… soy doncella todavía.
Sintió que un intenso rubor cubría sus mejillas, y bajó la vista.
—Eso me dijo la última barragana con la que compartí mi lecho —comentó el señor, socarronamente—. Las mujeres haríais cualquier cosa con tal de convencernos de vuestra virtud. Pero, desgraciadamente, son pocas las que llegan a tu edad con su doncellez intacta…
—Respondo por ella, señor —intervino el padre de Leonor—. La he guardado celosamente desde que era niña.
El amo siguió observándola, con tal intensidad que la hizo enrojecer de nuevo.
—Servirá —dijo finalmente.
Hizo una seña y dos de sus hombres la cogieron por ambos brazos. Leonor no pudo reprimir un gemido cuando la empujaron hasta un árbol y sacaron una soga para atarla a él.
—Con cuidado, pedazo de bestias —gruñó el amo.
Leonor miró a su padre, implorante; éste parecía algo preocupado, pero no hizo nada por liberarla. El señor avanzó hasta ella para asegurarse de que el nudo estaba bien hecho. Después bajó la vista, y Leonor se sonrojó por tercera vez.
—¿Le descubrimos los pechos?
El padre de la chica se removió, incómodo.
—No creo que sea necesario, señor…
—Puede que no —admitió el amo—. Muchacha, siéntate ahí, sobre la hierba.
Leonor obedeció, aunque la soga le tiró de los brazos dolorosamente. El noble la ajustó para que ella estuviese más cómoda.
—¿Y ahora?
—Ahora —respondió uno de sus hombres—, nos apostaremos por aquí cerca y aguardaremos a que venga la bestia, atraída por el olor de la virgen.
Leonor gimió.
—No temas, muchacha —dijo el amo—. Si realmente eres virgen, como dices, la criatura no te hará ningún daño. Dicen los sabios que sienten debilidad por las doncellas; su contacto los vuelve mansos como corderillos. Y, de todas formas, nosotros estaremos cerca, preparados para atacar.
Sus palabras no consolaron a Leonor, quien de pronto comprendió que los hombres la habían llevado a la cacería con el único propósito de que sirviera de cebo a la bestia que pretendían cazar. La joven no pudo evitar una lágrima silenciosa. Era cierto que era virgen, pero… ¿bastaría eso para protegerla de la bestia a la que tenía que atraer?
No se atrevió, sin embargo, a oponerse. En apenas unos minutos la habían dejado sola con los caballos. Todos los guerreros, incluidos su padre y el amo, habían ido a ocultarse entre la espesura.
Pasó el tiempo. Leonor se sentía cada vez más desgraciada; engañada, abandonada por todos, incluso por su padre. Deseaba que aquella bestia no existiese, que todo fuese una farsa, que el señor se cansase de aquel juego y pudiesen regresar a casa cuanto antes. Los brazos le dolían y no sentía la pierna derecha. Los sonidos del bosque profundo no contribuían precisamente a tranquilizarla.
Entonces oyó un murmullo y se irguió, atenta. Aguzó el oído y lo oyó de nuevo. ¿Sería uno de los guerreros? ¿Sería un animal del bosque? ¿O sería… la bestia?
El corazón le palpitaba con fuerza. No se atrevía a respirar, ni tampoco a moverse. Por el rabillo del ojo captó un levísimo movimiento en la espesura y llegó a percibir la fugaz presencia de un cuerpo de inmaculada blancura.
Leonor tragó saliva. Ninguno de los hombres del amo vestía de blanco. El cuerpo que había apenas vislumbrado no era muy grande. ¿Cómo de grande era la bestia? Leonor no lo sabía, porque nadie se había molestado en explicárselo.
Recordó entonces las historias que contaban los trovadores que ocasionalmente visitaban aquellas tierras. Historias sobre un caballero que se había perdido en el bosque y había llegado hasta el Más Allá, guiado por un ciervo blanco.
¿Sería un ciervo blanco la criatura que se movía por la floresta?
Hubo un nuevo movimiento. Leonor retrocedió instintivamente cuando algo surgió de la maleza, justo frente a ella.
Se quedó sin aliento.
Era pequeño y delicado, con los pies hendidos como las cabras y una cola parecida a la de un león. Su crin era suave y ligera, y Leonor sintió ganas de acariciarla. Sus ojos eran profundos como pozos sin fondo.
La muchacha se sintió conmovida en lo más hondo. No sintió miedo del largo cuerno en espiral que adornaba la frente de la criatura, un único cuerno, que relumbraba con la luz de cien soles.
Un unicornio, pensó ella, fascinada.
Y entonces lo comprendió.
Contaban que el cuerno del unicornio poseía propiedades milagrosas. Podía hacer que hasta el hombre más impotente engendrara un hijo. Podía purificar hasta el más mortífero de los venenos. Podía otorgar protección a quien lo llevase.
Contaban también que nadie podía cazarlo, porque en su mundo era ágil y silencioso como una sombra, porque su mágico cuerno le protegía a él también. A no ser que los cazadores llevaran consigo una doncella virgen, porque el olor de la virgen lo atraería hasta el extremo de que la criatura saldría de su escondite, donde quiera que estuviese, para apoyar la cabeza sobre el regazo de la muchacha. Entonces, los cazadores podrían capturarlo.
Pero lo que nunca nadie había contado era que el unicornio fuese un ser tan infinitamente hermoso.
Leonor respiró hondo, sorprendida. Nunca había imaginado que en aquel bosque morase un unicornio.
Observó, fascinada, cómo la criatura se echaba sobre la hierba, a su lado, batiendo blandamente en aire con su cola de león.
Leonor quiso tocarlo, pero no podía, porque estaba amarrada al árbol. Comprendió entonces que la habían atado para que no hiciese ningún movimiento brusco que pudiese asustar al unicornio. “La bestia”, recordó. ¿Qué bestia? Aquel animal era tan hermoso que no dudaba que acababa de descender directamente del Paraíso.
El unicornio la miraba, y ella lo miró también.
Y se le encogió el corazón.
El unicornio era viejo, más viejo que aquel bosque, y sabio, más sabio que todos los hombres.
Pero estaba solo.
Los otros animales del bosque no poseían su inteligencia. Y los hombres lo perseguían para matarlo.
Se había acercado a Leonor porque necesitaba compañía. La virginidad de la muchacha no tenía nada que ver. Era, simplemente, su inocencia.
Porque sabía que ella no le haría ningún daño.
Todo esto lo había entendido Leonor sin necesidad de palabras. Tampoco ella fue capaz de pronunciar una sola.
Lentamente, el unicornio bajó la cabeza.
“¿Qué haces?”, quiso decirle ella, angustiada. “¡Vete, márchate!”.
La criatura apoyó la cabeza en su regazo. Era una especie de saludo, Leonor lo comprendió muy bien.
—¡Te van a matar! —susurró por fin—. ¡Márchate!.
El unicornio alzó la cabeza y la miró.
Una flecha silbó en el aire. Todo sucedió muy rápido.
Leonor gritó. El unicornio saltó a un lado con increíble rapidez. Leonor cerró los ojos y se encogió sobre sí misma.
Oyó que la flecha se clavaba en el suelo, junto a ella. Oyó el sonoro juramento lanzado por el señor de aquellas tierras.
Abrió los ojos. La flecha aún vibraba a su lado. Los hombres salían, unos tras otro, de la espesura. Al unicornio no se lo veía por ninguna parte.
—¡Maldita sea! —gruñó el amo—. ¡Lo tenía a tiro! ¿Cómo ha podido escaparse así?
Tras él apareció el padre de Leonor, muy pálido. La flecha había pasado rozando a su hija. Su señor ya no parecía interesado en ella; estaba escudriñando la espesura, con el arco a medio tensar, buscando al animal que se les había escapado. Leonor apenas se movió cuando su padre la desató.
—Lo siento, hija —susurró.
Leonor no dijo nada. Ni siquiera lo miró.
Un buen rato después, cuando el grupo abandonaba el bosque, Leonor sintió en la nuca la mirada del unicornio. Se volvió un momento y vio a la criatura plantada entre la espesura, observándola fijamente.
Ninguno de los guerreros la vio.
Leonor sonrió y se despidió mentalmente del unicornio, sabiendo que nunca lograrían atraparlo, porque el unicornio era viejo, más viejo que aquel bosque, y sabio, más sabio que todos los hombres.
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